miércoles, 20 de agosto de 2014

Ante la muerte de Manuel Martínez Carril, la mirada de Raúl Ferreiro

Estudio Uno para Poema/Addio

en recuerdo de Manuel M. C.
labrador en la preservación de almas

-Penúltima escena-
(Pantalla en blanco por entre el humo de un cigarro.
Una sala,
 butacas vacías con algunas iniciales:
H. A. T.- O. I. -
R. M. –
J. P. R.
Y otras tantas más…)

Grávida, bella y nunca dócil,
cierta urdimbre, la tela tensa,
otro mundo, el mismo.

Estática/Silencio sin créditos

Movimiento.

Ahora sí. La manito extendida de Jackie Coogan acaricia la de quien lleva una linterna acomodándose los nuevos viejos lentes.

 Voz en off:

-Dale, Manolo!
Apurate! Mirá que de este otro lado también tenemos que seguir en la boletería,
marcar tarjetas, vocear por parlantes,
continuar barriendo
y aún reparar aquel vidrio roto.

Suspendida, la fina luz ha entrado.

Aquí la oscuridad
-mero revés de eternidad-
ha estado siempre encendida.

                                                       To be continued

Montevideo, Agosto de 2014,
bajo los reflectores y a la manera de “Fucho” M.
y el imposible de no quererlos a todos en el nombre de
Philippe N. y su Alfredo en Tornatore Paradiso.
R.H.F.


                   Y este texto para aquella Dama en una de las dimensiones de la Linterna Mágica.

lunes, 18 de agosto de 2014

Recibimos y publicamos: TNU convoca a propuesta audiovisual para programa infantil sobre artes plásticas

TNU, con el apoyo del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), llama a interesados para la producción de contenidos audiovisuales destinados a público infantil sobre obras pictóricas nacionales.
El objetivo es que, a través del lenguaje audiovisual, se estimule la curiosidad y fantasía que les permita a los niños conocer y valorar su cultura, a la vez que los entretenga.

La convocatoria es para la realización de un ciclo de 9 programas unitarios, que serán emitidos por televisión, internet y redes sociales, destinados a niños (en sentido genérico) en edad escolar. Cada programa tratará sobre un cuadro de un listado de obras del MNAV.

La convocatoria está abierta hasta el 19 de setiembre.
Para obtener las bases, ficha de inscripción y listado de obras pictóricas, entrar al MEC 

viernes, 15 de agosto de 2014

Manuel Martínez Carril por Carlos Rehermann en Henciclopedia

Transcribimos este excelente artículo de Reherman, y de paso -a quienes no conozcan- los invitamos a conocer el espacio cultural de HENCICLOPEDIA.


LA CULTURA COMO CONFRONTACIÓN.
Carlos Rehermann. Henciclopedia

Manuel Martínez Carril, tesoro nacional
Circula en el planeta la especie (que no llega a ser idea) de que las naciones deben procurar aumentar su riqueza simbólica. A ese clon tarado de la riqueza de Adam Smith se le llama "patrimonio cultural de la Nación". En algunos obituarios aparecidos tras la muerte de Manuel Martínez Carril se menciona el archivo de la Cinemateca uruguaya como un patrimonio construido por esa institución, para beneficio de todos. Queda la horrible sensación de que lo que hizo Martínez Carril fue acumular un montón de chatarra fílmica. Pero eso no es riqueza. El tesoro nacional era Martínez Carril, y ya no está. Y probablemente sea imposible que encontremos un tesoro como ése en medio siglo, o en uno.

Una construcción  publicitaria
Uno de los asuntos que se mencionó en algunos obituarios fue el carácter colectivo del trabajo en la cinemateca, citando con frecuencia al propio Martínez Carril, que evitó siempre ser identificado con la jefatura de la institución.
El cine, como se sabe, se hace necesariamente en equipo. El símil con el trabajo de la cinemateca es admisible, pero el trabajo colectivo en la cinemateca era de un tipo parecido al que podría observarse en la realización de una película dirigida por Stanley Kubrick. Amablemente el director escucha, pregunta, consulta, y finalmente se hace lo que él decide.
Manuel (como Kubrick) se rodeó de técnicos notables, sin los cuales su trabajo habría sido

jueves, 7 de agosto de 2014

Recibimos y publicamos: Convocatoria a fondos para el audiovisual

Desde el 5 de agosto al 1º de setiembre están abiertas las inscripciones para la presentación de proyectos en ficción o documental.
La convocatoria la realizan MONTEVIDEO FILMA y MONTEVIDEO SOCIO AUDIOVISUAL.

Concursan proyectos que estén en la etapa de inicio de rodaje, hay otra línea para finalización de proyectos, y una nueva: premio a ópera prima.

Para proyectos que hayan iniciado sus rodajes se otorgarán dos apoyos de us$ 35.000 y tres de us$ 10.000.-
En la línea de apoyo a finalización de proyectos, se otorgarán apoyos retornables de hasta us$ 45.000 en largos de ficción, tres apoyos de us$ 25.000 en largos documentales, y un apoyo de us$ 20.000 en proyectos de TV.
En la categoría ópera prima se otorgará un apoyo de us$ 80.000 para largo de ficción, y de us$ 30.000 para largo documental.
Bases y formularios aquí.

lunes, 4 de agosto de 2014

Nos encontraremos en los túneles

por Adriana Nartallo

Después de mis Viejos, buena parte de cómo soy -de mi pasión y mi desgracia, al decir de Onetti- se la debo a Manuel Martínez Carril, a Manolo.

Aún conservo un Cuaderno del Cine Club del Uruguay, fechado en octubre de 1965 -un año antes de que yo naciera- donde se hablaba de cine, y que yo revisaba una y otra vez, y siempre me detenía -maravillada- ante los fotogramas elegidos por un tal M. Martínez Carril para ilustrar su nota “Ingmars Ansikte” sobre el cineasta que mis padres ya mencionaban como el más grande.


Cuando migramos a la capital, devoraba cada hoja mimeografiada con el comentario de una película, cada boletín, hasta que un día, en uno de ellos leí un anuncio que cambiaría mi vida: “Curso de cine para niños y adolescentes”.
Era el año 82. Y yo, que tenía un fácil “no sé”, ese día dije: quiero hacer cine.
Manolo era un tipo hosco, seguramente tímido -aún más con los párvulos- y no olvido el día de su fría reacción en la puerta de Carnelli cuando ganamos el premio en Huelva por “Con la ventana cerrada”; recuerdo con precisión mi sentimiento: Manolo nos estaba dando una lección, no había que creérsela, no teníamos que descansarnos y había que seguir trabajando duro.

Cuando realicé mi primer cortometraje autoral, por así decirlo, quise compartirlo con Manuel, conocer su opinión, y me sorprendió no por sus claras observaciones, sino por su calidez; y en 2005, en un Festival de Invierno como el que se está desarrollando, tuvimos el honor de presentar nuestro primer largometraje documental en Cinemateca, con Manolo abriendo la presentación.
Cuando “Vientos de octubre” y otros documentales uruguayos y latinoamericanos terminaron de exhibirse en el Festival de invierno, nos quedábamos todos indefectiblemente sin sala. Y su permanencia en cartel la inventó Manolo cuando, junto con otro gran impulsor como Antonio Dabezies, crearon un espacio de difusión del cine documental en el Espacio Guambia. Seguramente esa permanencia en el tiempo fue de gran ayuda para más adelante acceder al Complejo Plaza y que “Vientos de octubre” tuviese una exhibición comercial.

La imagen que me queda de Manolo es la del hiperactivo, fumando un cigarro tras otro, yendo y viniendo de una sala a otra por los túneles subterráneos que, según la vieja revista El Dedo, interconectaban las salas…


Manolo ya no estará para cuando -antes que nos lleve el viento- podamos estar exhibiendo en Cinemateca nuestro primer largo de ficción; tampoco estará para cuando algún día hagamos una retrospectiva de nuestros trabajos, y ese día será muy dolorosa la ausencia. Pero de Manolo aprendí a no bajar la guardia, a pelear cuando un sueño se persigue, y a concretarlo.

Las alas del deseo

por Daniel Amorín

Suelo decir que mi vida cambió para siempre la noche en que se apagaron las luces de la vieja sala Estudio 1 en Camacuá, irrumpió la Muerte al amanecer en la playa, y extendió su manto negro hacia el caballero medioeval de pie junto a una inconclusa partida de ajedrez.



Fue el principio de una larga lista de descubrimientos, felicidad y maravilla. De películas, de directores, de actores y actrices, de cinematografías, de épocas, de corrientes.
Es increíble pensar que (casi) todo eso se lo debo -se lo debemos- a un solo hombre: Manuel Martínez Carril.

Para toda una generación es mítico el recuerdo de aquellas colas interminables, que daban vueltas dos esquinas, ante Centrocine, para ver el ciclo de cine español producido en su democracia naciente, y exhibido aquí en nuestra dictadura agonizante.
Para otros tantos es imborrable el recuerdo de aquel festival de cine de 1986, en el que el jurado oficial premió a “Ran” de Kurosawa, al tiempo que el público premiaba “El sacrificio” de Tarkovski.
Para muchos también es conmovedora la evocación de aquellas noches frías de Estudio 1, sala legendaria si la hubo, en la que las colas se ensanchaban más de los que se alargaban, tiesos frente a la rambla, la llovizna en la cara, expectantes ante la película de turno y, a posteriori de ella, remontar la cuesta de Camacuá, callados y cavilosos, apresando aún en la retina la última imagen, los ojos entre cerrados, el viento en la cara.
Cada socio y ex socio de Cinemateca tendrá sus recuerdos pertinaces, sus anécdotas inolvidables.

La imagen de Manolo que elijo retener es una repetida en los festivales de cine de los ’80, en la sala de Carnelli, cuando los empleados no daban abasto para atender el borbollón, y el propio Manolo se ponía a cortar entradas junto a la puerta de la sala, utilizando enteramente una sola mano, porque dos dedos de la otra estaban ocupados en sostener el cigarro.
Y de tantos recuerdos y anécdotas sobre Cinemateca que podría referir, hay una que sobresale del resto. Tiene que ver -cuándo no- con la entrañable sala Estudio 1.

Era la última función de una fría noche de invierno de entre semana. Digamos, 21.15 horas. Daban “La fuente de la doncella” de Ingmar Bergman. Yo ya la había visto al menos un par de veces. Pero me acompañaba un amigo, teatrero, que no la había visto, aunque sí otras del maldito sueco.

Se había producido ya la violación y muerte de la doncella, el destino había querido que los asesinos encontraran refugio para una noche despiadada en casa de los padres de la doncella, ya éstos habían comprendido a qué clase de criminales estaban cobijando, y el padre de la adolescente, Max Von Sydow, preparaba su venganza, cuando, en la sala, la proyección se interrumpió. Tras los espontáneos quejidos de asombro, se encendieron las luces. Éramos pocos. Unas veinte o treinta personas. Y la sala estaba fría. Todos quedamos sentados y en silencio. La experiencia nos decía que tras unos minutos de espera abandonaríamos esta absurda realidad detenida para volver a la otra, plena de drama y acción.

El proyeccionista en persona irrumpió en la sala para anunciar que la función se suspendía: una fatalidad había arruinado el equipo de sonido, y el desperfecto no podría solucionarse hasta el día siguiente. Pero al día siguiente ya no darían esta película, sino otra ya programada. La consternación se dibujó en los rostros de todos los espectadores, pero ante un argumento así no había nada que hacer. Fue entonces que se me ocurrió la idea. Le propuse al proyeccionista por qué no seguir viendo la película sin sonido, si de todos modos tenía subtítulos en español. El técnico miró a todo el público y dijo “si ustedes quieren, no hay problema”. La mayoría asintió y el proyeccionista volvió a su puesto. Nadie se movió de la sala. Las luces volvieron a apagarse y el rostro adusto de Max Von Sydow ocupó enteramente la pantalla.

Cuando tras despachar a los dos asesinos, Max, aún sediento de venganza, levanta en vilo al niño que los acompañaba, cuando con sus brazos extendidos lo mantiene en el aire a más de dos metros de altura, cuando duda mientras su esposa -a quien los espectadores de esa función no oímos pero sí vemos- le ruega que se detenga, que no acometa contra un niño, y cuando finalmente el protagonista lo lanza con violencia, estrellándole contra la pared de piedra, cuando ocurre eso en la sala muda, se oye el grito ahogado de una espectadora, y las inevitables risas apagadas de otros espectadores, igualmente conmovidos por la escena.
No se escuchó nada más durante el resto de la proyección. La película terminó, las luces se encendieron como siempre, y los espectadores nos retiramos como siempre, con un reinante silencio interrumpido ocasionalmente por algún “qué notable” referido al film, o algún “qué horrible” referido al drama humano que acabábamos de presenciar.
Es posible que alguno de esos espectadores haya recordado, como yo, la orden de René Clair: “el cine debe estar hecho para que un sordo lo pueda entender”. Y aún más posible que quienes no conocieran el aserto, hayan llegado, con otras palabras, a la misma conclusión.

Es obvio que mi gratitud y deuda con Manolo es eterna e incuantificable. Por eso, para este último viaje que acaba de emprender, le deseo: que lo inicie con la fanfarria de Fellini, que fume por siempre los cigarrillos de Cassavetes, que lo custodien los ejércitos de Kurosawa, que el camino esté orlado por los decorados de Visconti, que Chaplin lo guíe en los caminos más peligrosos, que Resnais le ayude a recorrer los vericuetos de la memoria, que junto a Losey detecte a tiempo la intrínseca maldad que nos rodea, que levite como los seres tocados por la magia de Tarkovski, y que, en cada instante, encuentre a su lado la mano tendida de Ingmar Bergman.

La eternidad y un día.

Ante la muerte de Manuel Martínez Carril.

En el día de hoy, Manuel Martínez Carril abandonó para siempre el mundo conocido.
Martínez Carril -Manuel o Manolo para quienes lo conocimos- fue el director de Cinemateca Uruguaya desde 1978 y hasta que su salud se lo permitió. Pero hasta hoy mismo, y quizá por siempre, ha sido su guía espiritual.


A aquellos que por razones de juventud puedan pensar que la Cinemateca es solamente un lugar en que se exhiben películas con peor calidad de imagen y sonido que en las salas de los shoppings, con butacas mayoritariamente en mal estado, y en donde no es posible adquirir pop acaramelado, a esos hipotéticos lectores, queremos pedirles el esfuerzo de que imaginen por un momento un mundo sin video clubes, sin televisión cable y sin internet.
Ese mundo inverosímil fue el mundo real hasta hace no mucho. En ese mundo, el cine se consumía exclusivamente en las salas, y salvo extrañísimas excepciones, todas las películas que en ellas se exhibían procedían de la industria norteamericana.
En ese mundo limitadísimo -¿tal vez casi tanto como el actual?-, Cinemateca Uruguaya fue el único reducto que nos permitió conocer otras formas de expresión cinematográfica, otros modos de ver el mundo, otras maneras de pensar. Y esas formas plurales provenían de los países más insospechados.
Desconocemos si el sentido de la vida para Manolo fue más amplio que los metros cuadrados de las salas de Cinemateca Uruguaya y de su milagroso archivo cinematográfico. En todo caso, la tarea que se auto impuso en esa su trinchera fue de una magnitud inconmensurable, a pesar de lo cual fue capaz de abarcarla desde todas las aristas imaginables.
A la Cinemateca de Manolo le tocó, entre otras suertes, lidiar con la dictadura militar. En esos años de miradas esquivas y palabras a medias, Cinemateca fue el bastión democrático por antonomasia. Sus ciclos de cinematografías lejanas ofrecían permanentes guiños sobre realidades no tan distantes a espectadores más atentos y perspicaces que los censores de turno.
Pero a pesar de que la sobrevivencia en tiempos de dictadura hubiese sido casi imposible sin la presencia de Cinemateca, limitar su importancia y su radio de acción exclusivamente a su condición de bastión democrático, sería prueba de gran ignorancia.
Al menos nosotros podemos asegurar que no hubo institución que haya influido tanto en nuestras vidas, en ser quienes somos, como Cinemateca. Y si esa influencia se la debemos a una persona por sobre todas las demás, es a Manuel Martínez Carril. Nos consta que no somos los únicos en sentir hondamente esa deuda. Nos consta que no somos los únicos que se consideran privilegiados por haber sido formados y guiados gracias a este fenómeno social y cultural.
Es común en estos casos decir que sólo se ha muerto el hombre, que su recuerdo y su obra perdurarán bastante más que sus huesos. Creemos de verdad que será así en el caso de Manolo. Sin embargo, resulta inevitable sentir que, de ahora en adelante, cuando naveguemos como tantas veces en la más profunda oscuridad, ya no podremos contar con el faro más alto y brillante que conocieron estas empobrecidas costas en las últimas décadas.
No tenemos la fortuna de contar con báculos de carácter religioso o de ninguna otra especie. No creemos que nadie tenga el derecho a pedir, ni mucho menos a quién dirigirse para hacerlo.
Pero si en este momento se nos concediera la merced de pedir algo para Manolo, pediríamos, para él, “la eternidad y un día”. En lo que a nosotros, humildes mortales, nos concierne, ya le fue concedida, desde hace mucho y para siempre.

Adriana Nartallo – Daniel Amorín
PRODUCCIONES DE HACHAYTIZA





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